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10/01/15 Cambiar determinados hábitos en el uso de la calefacción y el agua caliente puede ser una importante fuente de ahorro de combustible para la Comunidad en los sistemas centralizados.


Ahorrar combustible en las calefacciones centrales pasa por controlar la temperatura de impulsión del agua en función de la temperatura exterior. Las centralitas de regulación de las calderas de la mayoría de las Comunidades ya están preparadas desde hace décadas para esta regulación, pero aún existen muchas Comunidades que no la tienen activada, sobre todo las que tienen sistemas de individualización de consumos que miden el tiempo que está encendida la calefacción dentro de la vivienda, en vez de medir el consumo de kilowatios o kilocalorias que se consumen. El Reglamento de Instalaciones Térmicas en los Edificios (RITE) recoge en su Instrucción Técnica 1.2.4.1.2.1.1.8.2 la obligatoriedad de que el control del sistema se base en una sonda exterior de compensación de temperatura y/o termostato modulante, de forma que modifique la temperatura de ida a emisores adaptándolos a la demanda.
La calefacción en algunos casos tiene una regulación en las viviendas por medio de un termostato general y válvulas termostáticas en los radiadores que regula cada usuario. Aparte de ese calor que se mide y paga cada usuario, un porcentaje importante del calor que genera la caldera se pierde antes de llegar a los radiadores de las viviendas por las pérdidas que sufren las tuberías de distribución de calefacción en el edificio, en la mayoría de los casos sin aislamiento o con un aislamiento deficiente. A mayor temperatura de impulsión las perdidas de calor son mayores, por lo que es importante reducir la temperatura de salida hacia las viviendas cuando las circunstancias climatológicas lo permitan. Ello requiere modificar los hábitos de los propietarios en el uso de la calefacción, ya que con este sistema cuando la temperatura exterior es elevada, la temperatura de los radiadores es muy baja y, si no se aprovecha la inercia térmica de las viviendas, se puede llegar a pasar frío. Para evitar este problema es importante mantener la calefacción encendida por las mañanas, programando el termostato a la temperatura de confort, antes de que la temperatura exterior suba y los radiadores dejen de calentar. Existe la creencia de que para ahorrar calefacción es mejor tenerla apagada en las horas en las que no se está en la vivienda. Ello no genera ahorros apreciables, reduce el confort de una forma importante y puede dar lugar a condensaciones si además no se ventila adecuadamente. Lo adecuado es fijar una temperatura, generalmente 21 grados, y mantener esa temperatura durante todo el día. Sólo en el caso de ausencias que duren más de un día, resulta útil reducir la temperatura de la vivienda.  
Otras costumbres muy extendidas son dejar abierta una ventana durante casi todo el día durante todo el año o, al contrario, no abrirlas para no perder calor. La mejor forma de ventilar en invierno es abrir todas las ventanas durante 5 ó 10 minutos para que se renueve la totalidad del aire de la vivienda. De ese modo se consigue reducir la humedad de la vivienda mejorando la calidad del aire y, por otro lado, las paredes interiores no pierden apenas su temperatura y la vivienda recupera rápidamente la temperatura de confort con un mínimo coste de calefacción.
En lo que se refiere al agua caliente también es importante reducir las pérdidas de calor que se producen en la recirculación del agua entre la caldera y la entrada de la vivienda, de modo que el agua caliente esté disponible en el menor tiempo posible. Teniendo en cuenta que la temperatura óptima de la ducha es la del cuerpo humano, hay que procurar que el agua llegue a las viviendas por encima de 38 grados. Todavía se encuentran edificios en los que el agua recircula a 60 ó 70 grados, lo que no sólo obliga a mezclar el agua para evitar quemaduras, sino que genera importántes pérdidas de calor, ya que a mayor temperatura de las tuberías de recirculación las pérdidas son también mayores. Lo ideal es controlar que la temperatura llegue a las viviendas entre 40 y 45 grados. No obstante, como el agua caliente se almacena en acumuladores para poder atender las puntas de demanda de agua caliente, existe el riesgo de que en ellos se pueda generar salmonela, lo que obliga por normativa a alcanzar una temperatura de 60-70 grados que evite pueda proliferar la bacteria. Fuera de los acumuladores no se precisan temperaturas tan altas, por ello se usa una valvula que mezcla el agua de los acumuladores que se encuentra a 60-70 grados con agua fría, para que recircule y llegue a las viviendas a 40-45 grados. De este modo las perdidas de calor del sistema de recirculación se reducen y el consumo de combustible también baja, además de sufrir menos las gomas y plásticos de la grifería de las viviendas. También los usuarios tienen que cambiar sus hábitos y acostumbrarse a una temperatura más baja en el agua, lo cual cuesta hacer entender a algunos de ellos que piensan que están perdiendo un servicio, cuando realmente se está suprimiendo un lujo inútil y caro.


 
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